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Monica Berg
Marzo 1, 2018

Un día, un hombre encontró un capullo de mariposa en su jardín. Diligentemente revisaba el capullo cada día mientras cuidaba sus vegetales. Cuando llegó el gran día en el que la mariposa comenzó a salir del capullo, se sentó pacientemente y vio cómo lentamente salía por una pequeña abertura en uno de los bordes. Después de varias horas presenciando el milagroso nacimiento de la mariposa, el hombre notó que se detuvo, parecía haberse atascado mientras se encaminaba hacia el mundo.

Así pues, el hombre decidió ayudar a la mariposa. Cortó el capullo con unas tijeras para permitir que la mariposa escapase fácilmente. Pero ocurrió algo raro con el insecto, tenía un cuerpo hinchado y pequeñas alas arrugadas.

El hombre no le dio muchas vueltas al asunto. Esperó y asumió que las alas se expandirían en algún momento. Pero nunca ocurrió. La mariposa pasó su vida arrastrándose con el cuerpo hinchado y pequeñas alas que no servían.

"La lucha fue diseñada por la naturaleza para preparar a la pequeña criatura..."

Lo que él no entendía es que el proceso de estrujarse para salir por el pequeño agujero lleva a las alas el fluido del cuerpo de la mariposa para hacer que se expandan. La lucha fue diseñada por la naturaleza con el fin de preparar a la pequeña criatura para volar.

Los kabbalistas siempre han sabido esto. Sin embargo, lo que hace que esta idea sea tan difícil de interiorizar, especialmente para los padres, es nuestra compasión. Nuestros corazones amorosos y buenas intenciones a veces pueden interponerse en el camino de las luchas que nuestros hijos deben sobrellevar.

Cuando mi hija mayor, Miriam, estaba en sexto grado tenía que realizar un proyecto de ciencias. Como la mayoría de los experimentos, este era un proyecto que necesitaría un par de semanas para ser completado. Desde la hipótesis hasta la conclusión, este no era un proyecto que podía hacerse en un día. No obstante, debido a una serie de incidentes (un viaje fuera de la ciudad, una audición para el grupo de baile y una faringitis, o quizá procrastinación), mi hija olvidó informarme sobre este proyecto y tuvo que hacerlo a última hora.

Fui a buscar a Miriam a la escuela un día y pude notar la ansiedad en su cara. Me confesó que el proyecto debía ser entregado el día siguiente. No lo había mencionado antes porque pensó que yo me enojaría por su retraso, así que terminó con aún más retraso.

Me dolía el corazón al pensar en la colosal tarea que tenía por delante. Comencé a buscar maneras de aligerar su carga, pero al mismo tiempo intentaba enseñarle una lección sobre la responsabilidad. No, no podíamos crear semanas de análisis de datos en una tarde (ver si las plantas crecían mejor cuando escuchaban Beyoncé o Jay-Z era imposible). Pero seguramente había algo que podíamos hacer.

Luego de una lluvia de ideas y establecer un rápido experimento que podíamos observar fácilmente de inicio a fin en un par de horas, nos desviamos del camino a casa y nos detuvimos en la ferretería y luego en la tienda de manualidades.

Con todos los artículos que necesitaba, Miriam estaba lista para comenzar. Pero reunir dichos artículos era la parte fácil. Y aquí es donde todos los padres bien intencionados se equivocan. Ella no solo tenía que realizar el experimento, recopilar y analizar los datos, y luego escribir una conclusión, también tenía que hacerlo lucir bien en la cartulina en forma de tríptico en la que se presentan todos los proyectos de ciencia desde el inicio de los tiempos. Qué ganas tenía de ayudarla a recortar adornos, mejorar sus fotos, imprimir sus hallazgos y pegar todo en la cartulina perfectamente alineado. Pero no podía hacer nada de eso.

Mi trabajo es ayudarla al escuchar sus ideas, apoyar su visión, motivarla a mejorar sus ideas y dejarla hacer su trabajo. Permítanme repetir eso último, mi trabajo es dejarla hacer su trabajo. Puedo quedarme despierta con ella hasta después de la hora de dormir y darle apoyo moral mientras ella completa su proyecto, pero no puedo hacerlo por ella. Por cansada que estuviera cerca de la medianoche, ella era quien tenía que pasar por esa dificultad.

“No hay solución rápida ni debemos anhelar una. La plenitud espiritual no puede ser un regalo. Debemos ganarla; debemos trabajar por ella”. – Michael Berg

Es difícil ver las batallas de nuestros hijos. Pensamos: “Simplemente voy a atar sus cordones para irnos de aquí”, o “Responderé estas últimas preguntas de su tarea para continuar con nuestra noche y cenar”. La naturaleza nos diseñó para luchar. Y no solemos darnos cuenta de que esa lucha es necesaria para nuestro crecimiento.

Las intenciones bondadosas de los padres —como las del hombre que observaba la mariposa— pueden robarles valiosas lecciones de vida a nuestros hijos. Al permitir que nuestros hijos pasen por situaciones difíciles, les enseñamos a soportar, perseverar y, quizá más importante aún, les enseñamos que son capaces. Mi esposo, Michael Berg, ha dicho anteriormente: “No hay solución rápida ni debemos anhelar una. La plenitud espiritual no puede ser un regalo. Debemos ganarla; debemos trabajar por ella”.

Esto es lo que intentamos enseñar a nuestros hijos.

"Cuando los niños hacen su trabajo, sienten que se merecen los resultados, ya sean positivos o negativos. Si queremos que nuestros hijos tengan éxito, tenemos que dejarlos pasar por dificultades para que obtengan sus propias alas. El trabajo siempre vale la pena."

Al final, Miriam terminó su proyecto de ciencias. Aunque no fue su mejor trabajo, cumplió con los requisitos. Lo logró y podemos decir con seguridad que lo hizo por sí sola, con recortes torcidos y todo. La semana siguiente fuimos a la feria de ciencias de la escuela. Cada estudiante estaba parado al lado de su respectivo proyecto respondiendo las preguntas de los jueces. En el auto, de regreso a casa, le pregunté qué pensaba sobre la feria de ciencias. Hablamos de proyectos y resultados que nos sorprendieron (vi varios proyectos en los que se notaba claramente el trabajo de un adulto, aunque no se lo mencioné). Después de una larga pausa en la conversación, ella dijo:

“Creo que pude haberlo hecho mejor”.

Y allí estaba. Una lección aprendida.

Estuve de acuerdo con ella y creamos un plan para estar al corriente de los futuros proyectos escolares. Cuando los niños hacen su trabajo, sienten que se merecen los resultados, ya sean positivos o negativos. Si queremos que nuestros hijos tengan éxito, tenemos que dejarlos pasar por dificultades para que obtengan sus propias alas. El trabajo siempre vale la pena.