Shhhh! Your Kids Are Trying to Tell You Something – Three Tips for Listening Up

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Shhhh! Your Kids Are Trying to Tell You Something – Three Tips for Listening Up

Centro de Kabbalah
Marzo 18, 2020

La mayoría de nosotros puede estar de acuerdo en que valoramos la comunicación abierta y positiva, y aspiramos haberla cultivado para cuando nuestros hijos entren en los difíciles años adolescentes. Sin embargo, los adultos usualmente consideramos la comunicación según cuán bien nos escuchan nuestros hijos. Pero pregúntate: ¿cuán bien los estás escuchando tú a ellos? Desde luego, los escuchamos cuando nos piden más leche o nos dicen que sus zapatos les lastiman los pies. Cuando se trata de entender cómo nuestros hijos perciben el mundo, las cosas se tornan un poco confusas. La mayoría de los padres no admitirá esto, pero de verdad no queremos escuchar a nuestros hijos. Primero que todo, es incómodo. Quizá escuchemos algo que no queremos oír. O nuestros valores, suposiciones o autoridad podrían verse desafiados. O nos podríamos enterar de algo que tendremos que cambiar.

Cambiar como padres es difícil, pero si eres un lector regular de este blog, sabrás que me encanta el cambio. Así es como nos conectamos con nuestro propósito supremo en la vida y alcanzamos nuestras metas superiores. Y si una de nuestras metas es ser los mejores padres que podamos ser (y creo que es el caso), entonces reflexionar sobre cómo podemos ser mejores oyentes nos ayudará a alcanzarla.

Aparta a tu ego

Muchos de nosotros crecimos en la era de “los niños no opinan”. Se desconocía la noción de que los niños podían tener pensamientos e ideas que valieran la pena escuchar. Culturalmente, considero que por fortuna estamos trascendiendo ese punto. Pero es difícil deshacerse de viejos hábitos y podemos caer fácilmente en los antiguos patrones de crianza con los que fuimos criados. Si sientes que estás haciendo un buen trabajo en escuchar a tus hijos, pregúntate: ¿qué sucede cuando no están de acuerdo contigo?

Es fácil creer que nuestros hijos tienen buen carácter y son apacibles. Pero ¿qué hay de los momentos menos favorables? ¿Cuán bien escuchas cuando tu bebé o adolescente, si es el caso, está haciendo un berrinche en el supermercado? He de admitir que es difícil.

Pero estos momentos incómodos son oportunidades para aprender de nuestros hijos. Ellos pueden ser nuestros más grandes maestros, y hay una lección para nosotros en cada crisis. Quizá calculaste mal cuánto tardarías con un quehacer. Quizá olvidaste llevar bocadillos. (Siempre lleva bocadillos). O quizá las cosas que pensabas que conocías de tu hijo ya no son así, porque en un abrir y cerrar de ojos se ha transformado en una persona completamente nueva (es desconcertante lo rápido que esto sucede, ¿no?). Y si bien ellos no logran articular de forma eficaz cómo se sienten, ciertamente saben cómo se sienten y están tratando de “expresártelo”.

Asumir que sabemos lo que nuestro hijo piensa, quiere o necesita es solamente ego filtrándose en nuestra conciencia. Se necesita humildad para abrirnos a la idea de que tenemos mucho que aprender de ellos sobre sus propias experiencias. Para poder escuchar de verdad, tenemos que elegir escuchar activamente. La escucha activa insiste en que hagamos a un lado nuestro ego y silenciemos cualquier idea de lo que creemos que conviene más. Es completamente posible que tu hijo sepa qué es lo mejor para él. Al escucharlo y mirarlo con atención, estarás mucho más preparado para orientarlo hacia dónde necesita estar y dónde desea llegar a la larga.

Escucha más allá de las palabras

Cuando mi hija menor comenzó en el jardín de niños, estaba más que lista. Observar cómo sus hermanos mayores se preparaban para ir a la escuela todos los días la emocionaba, poder llevar una mochila propia algún día y hacer lo que los niños grandes hacían. Esa primera semana escolar la derribó. Además de todas las cosas de “niña grande” que tenía que hacer, hubo algo significativo que no podía seguir haciendo: tomar siestas. No hay siestas en el jardín de niños. Después de la escuela, sorprendentemente tenía poca paciencia y parecía haber perdido interés en sus actividades vespertinas favoritas, como montar bicicleta o pasear en el parque. También tenía un hambre voraz.

Ella no estaba consciente de lo que estaba sucediendo, así que no tenía las palabras para decírmelo. Pero, cuando presté atención a su lenguaje corporal y comportamiento, estuvo claro. Estaba cansada. Una escuela y rutina nuevas le quitó mucha energía a su cuerpo. Presionarla a hacer las cosas “divertidas” que siempre había disfrutado era demasiado. Lo que de verdad necesitaba era un tiempo de descanso. Esto no fue algo que ella pudo decirme con palabras. Mi trabajo fue escuchar más allá de las palabras para descubrir lo que sus acciones estaban comunicando. Tal y como Karen Berg, mi mentora, dice: “Nuestro trabajo no es juzgar las acciones de los demás; nuestro trabajo es escuchar más allá de las palabras”.

Muérdete la lengua

¿Cuántas veces has completado una frase que tu hijo está diciendo? Más de las que podría contar. Esto me costó mucho cuando comencé a ser madre, y creo que es natural: pasamos los primeros doce meses aproximadamente almacenando información de nuestros hijos, descifrando cada expresión a fin de entender lo que tratan de comunicar. Así que cuando finalmente comienzan hablar, comenzamos escuchándolos, pero la necesidad de intuir lo que intentan decir es fuerte. Sin darnos cuenta, terminamos interrumpiéndolos al asumir que sabemos lo que están intentando decir porque no tienen el vocabulario para decir lo que desean, o estás con prisa y simplemente quieres llegar a la idea para cubrir sus necesidades con más rapidez.

Lo que sea que esté llevándote a inhibir a tu hijo a encontrar sus propias palabras, hazlo a un lado. Permítele encontrar las palabras. Esto requiere que tengamos mucha paciencia y conciencia. Esto significa crear espacio para que entren las emociones mientras nuestros hijos intentan explicarse.

Por supuesto, cuando tienen dificultades, puedes ayudarlos al decirles una palabra o haciendo preguntas que aclaren la situación. Pero resístete a la tentación de completar sus frases o asumir que entiendes cómo se sienten. Es fácil proyectar nuestras propias experiencias sobre nuestros hijos y sacar conclusiones (posiblemente erróneas) acerca de cómo se sienten o qué piensan. Considerémoslo de esta manera: ¿qué sucede cuando a un niño se le niega constantemente la oportunidad de compartir sus ideas hasta llegar a la adolescencia? No es de sorprender que tantos niños dejen de intentar explicarse con los adultos en sus vidas. Cuando nadie te está escuchando realmente, ¿de qué serviría?

La próxima vez que tengas la oportunidad de escuchar genuinamente a tu hijo, acéptala: sin importar cuánto te incomode. Nuestros hijos son espejos que el Creador ha puesto en nuestra vida para que podamos ver claramente lo que nosotros necesitamos cambiar. Cada defecto que percibimos en nuestro hijo está señalando un aspecto de nosotros que requiere trabajo. Cada historia que evitamos oír contiene un mensaje que debemos escuchar y un problema que necesita nuestra atención. Ser mejores oyentes nos hace ser mejores padres. Después de todo, solo hay una manera de entrar en la mente de tu hijo y entender las cosas desde su perspectiva: ser todo oídos.