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En Las Diez Emanaciones Luminosas, Rav Áshlag explica que el concepto de movimiento, tal como lo entendemos en el mundo físico, no existe en el mundo espiritual. En el mundo físico comprendemos el movimiento como ir del punto A al punto B, pero debido a que no hay materia física en el mundo espiritual, este tipo de movimiento no ocurre allí. El movimiento espiritual en realidad se refiere a la transformación, pasar de un nivel espiritual a otro. La Luz, por ejemplo, en verdad no se mueve sino que adquiere una nueva esencia o forma a medida que pasa por diferentes realidades, que es lo que llamamos movimiento. Por lo tanto, cuando leemos palabras que hacen referencia al movimiento en la Torá, el Zóhar, las palabras del Arí o cualquier texto de índole espiritual, debemos entender que no se refieren al movimiento físico, sino a un cambio de conciencia. Este conocimiento puede abrir la puerta para tener una comprensión mayor y más genuina de la Torá y nuestro propio crecimiento espiritual.

Cuando leemos en los textos sagrados que un individuo o un grupo de personas viajan de un lugar a otro, no es para enseñarnos que se movieron físicamente a una nueva ubicación. Más bien se refiere a un cambio espiritual que ocurrió. Si el viaje ocurrió físicamente o no es secundario ante el entendimiento de que hubo una transformación espiritual. Cada lugar representa un nivel de conciencia: una ciudad representa un estado de conciencia y la siguiente un estado completamente diferente. Cuando leemos que alguien se movió de un lugar a otro, debemos entender que en realidad significa que ascendieron de un nivel espiritual a otro.

El movimiento espiritual es la formación de una esencia completamente nueva. Cuando un individuo o un mundo ha alcanzado una nueva forma espiritual, decimos que se ha movido, es decir, que se ha convertido en algo nuevo y distinto de lo que era antes. Incluso en el mundo físico se puede entender un poco esto. Si tienes un vaso lleno de agua, le extraes una gota y la colocas sobre una mesa, la gota de agua cambia de forma. Deja de ser parte del contenido del vaso y se convierte en una gota única en la mesa. En este sentido, se convierte en algo nuevo, distinto de su forma anterior. Esto es todavía más cierto en el mundo espiritual.

Lo que Rav Áshlag nos enseña aquí es muy profundo y fundamental para que comprendamos cómo debemos ver nuestro propio crecimiento espiritual. Cuando nos transformamos espiritualmente, somos una persona nueva. Dejamos atrás una forma anterior y nos convertimos en una nueva. El movimiento espiritual es la creación de una esencia completamente nueva. Cuando hacemos un cambio, aunque sea pequeño, nos convertimos en una persona completamente nueva si es un cambio genuino.

En el Libro de Éxodo, Moshé subió al Monte Sinaí y dejó a los israelitas por cuarenta días y cuarenta noches. Los israelitas temieron que él nunca regresara y comenzaron a idolatrar al becerro de oro. Cuando Moshé regresó con los Diez Enunciados, se enojó y destruyó las tablas. Dentro de la historia, se explica que los israelitas perdieron la totalidad de la Luz que habían recibido. No obstante, entre el pecado del becerro de oro y la pérdida de la Luz, hay una tristeza que aflige a los israelitas. Es la tristeza lo que condujo a la pérdida de la Luz, no el pecado en sí. Es un proceso de tres fases: ellos pecan, se entristecen y después pierden la Luz. Si tan solo hubiesen pecado y no hubiesen caído en la tristeza, no habrían perdido la totalidad de la Luz.

La lección aquí es que el lado negativo quiere que pensemos que nuestros errores y las cosas negativas que hemos hecho en el pasado deberían hacernos sentir mal con nosotros mismos en el presente. El lado negativo no está tan interesado en el pecado que cometemos como lo está en la tristeza que puede inyectarnos después de que caemos. A través de la tristeza, puede llevarnos a un estado más bajo y distante de la Luz. La increíble revelación de Rav Áshlag es que cuando hacemos algún cambio espiritual genuino, adoptamos una forma completamente nueva. La persona anterior que cometió esas acciones negativas deja de existir. Cada mañana, nos convertimos en una persona nueva si estamos creciendo y cambiando. Cuando adoptamos una nueva forma, aunque sea mediante el cambio más mínimo, nos desasociamos por completo de la persona que éramos. Dejamos atrás a esa persona.

Esto debería entusiasmarnos mucho por nuestro trabajo espiritual y darnos una incapacidad de sentirnos abatidos por la persona que éramos o lo que hicimos ayer, hace una semana, hace un año. Cuando nos convertimos en una persona nueva, no somos la forma anterior con una pequeña diferencia, sino que adoptamos una forma completamente nueva. Esperamos que esta enseñanza nos ayude a ver cuán conectados podemos estar en un instante. Si hacemos el cambio en un segundo, podemos convertirnos totalmente en una persona justa sin que nuestras acciones negativas previas nos sigan abatiendo. Cuando ponemos a nuestra alma en movimiento, tenemos la capacidad de dejar atrás nuestra negatividad y ascender a un nuevo nivel espiritual.

*Adaptado del curso de Michael Berg sobre Las Diez Emanaciones Luminosas, clase 27

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