Ciclos de Vida

Imagina que…

Incluso antes de que nazca un bebé, los padres (¡y los abuelos!) están hablando de las cosas que harán, las grandes hazañas que lograrán en su vida. Quizá encuentre una cura para el cáncer. Quizá sea la primera mujer presidente de su país. Fomentará la paz en el mundo. Terminará con la indigencia.

Los niños llegan con mucho potencial y, a medida que crecen, les decimos que sueñen en grande. Con cada logro les recordamos que pueden hacer grandes cosas. Después de todo, nosotros somos sus principales animadores y deseamos lo mejor para ellos.

El mensaje que estamos intentando hacerles llegar es sincero: puedes hacer o ser cualquier cosa que te propongas. Por lo tanto, los inscribimos en clases cuando muestran interés en algún instrumento o deporte. Los llevamos a la biblioteca a ver los libros sobre su más reciente obsesión. Hacemos todo lo posible para cultivar su imaginación, apoyar sus actividades, abrir puertas y mostrarles la grandeza que pueden llegar a alcanzar. Todos estos grandes gestos los motivan a seguir esa chispita que pregunta… ¿y si lo intento?

Pero también somos cuidadosos. Como adultos, hemos visto el fracaso; lo hemos sentido. Así que acompañamos nuestra motivación con recordatorios de que hay que ser conscientes con las ambiciones, que sopesemos los pros y contras, y que miremos las cosas con un ojo analítico. Un estudio fascinante conducido por la NASA revela que son precisamente estos pequeños recordatorios los que inhiben la innovación en las mentes jóvenes.

Debido a la curiosidad por saber quiénes eran las mentes más creativas entre sus científicos e ingenieros, el comisionado de la NASA Dr. George Land y Beth Jarman crearon una prueba para medir la imaginación y la capacidad de concebir nuevas ideas. Esta prueba fue exitosa y ayudó a la NASA a identificar a los candidatos mejor calificados para trabajar en sus problemas más complejos. Sin embargo, Land y Jarman terminaron con una notoria interrogante: ¿de dónde proviene la creatividad? ¿Es algo con lo que todos nacemos?

La prueba que habían diseñado era relativamente simple, así que decidieron implementarla en niños en edad escolar para ver si los resultados señalaban algunas respuestas. La población de muestra consistió en 1600 niños de cuatro y cinco años. Noventa y nueve por ciento de los niños obtuvo un resultado de “genio” en la categoría de imaginación. Estos resultados fueron tan interesantes que decidieron realizar la prueba a los mismos niños pero cinco años después. El número de niños que entró en la categoría de “genio” se redujo a un treinta por ciento. Y cinco años después, el número descendió a doce por ciento.

Apuesto que te has de preguntar cómo son los resultados de esta prueba en adultos. Yo también me lo preguntaba. Solo el dos por ciento de los adultos entra en la categoría de “genio”. Impresionante, ¿no? Pero estos resultados no deben desalentarnos. El Dr. Land asegura que podemos alcanzar la extraordinaria categoría de “genios”, así como también lo pueden lograr nuestros hijos, si tan solo cambiamos la manera en la que abordamos los problemas.

Hay dos tipos de pensamiento: divergente, que es la imaginación, y convergente, que es analítico y crítico. El Dr. Land explica: “Uno es como el acelerador y el otro es como el freno. Descubrimos que lo que les sucede a estos chicos a medida que los educamos es que les enseñamos a aplicar ambos tipos de pensamiento a la misma vez”. Esto significa que si a un niño se le ocurre una solución o idea, simultáneamente está pensando en todas las maneras en las que podría no funcionar, lo cual inhibe su capacidad de ser creativo.

Por supuesto, cuando los niños son condicionados a pensar de esta manera, no lo limitan a problemas académicos. Ellos emplean este mismo tipo de pensamiento a todos los aspectos de la vida, incluyendo sus sueños y deseos. Si bien es posible que sueñen, automáticamente consideran qué obstáculos podrían enfrentar o las maneras en las que podrían fracasar.

Lo que no reconocemos es que nosotros a menudo motivamos el pensamiento divergente y convergente en la manera en la que les hablamos a nuestros hijos durante sus actividades. Considera el caso de un bebé que juega con bloques. Mientras manipula las piezas y hace construcciones, los adultos suelen interferir con lo que ellos consideran que son consejos útiles. “Está muy pesado, se va a caer”. “Ten cuidado”. “Eso no va a encajar ahí”. “Ya intentaste eso”.

Vemos el valor de los juguetes que fomentan la imaginación, como los bloques, utensilios artísticos o instrumentos musicales. No obstante, atenuamos su imaginación al recordarles que usen la lógica mientras juegan y exploran. No me malinterpreten, la lógica tiene un propósito. Necesitamos el cerebro lógico tanto como necesitamos nuestra mente soñadora. Lo que este estudio señala es la importancia de permitir que estos dos procesos de pensamiento actúen independientemente del otro. Primero soñar y después resolver los detalles prácticos.

Rav Berg enseñaba que: “Nuestra mente es tan fundamental para la estructura de la realidad como lo es el tiempo, el espacio y la materia”. Desde una perspectiva kabbalística, cada uno de nosotros nace con dones creativos únicos que debemos compartir con el mundo y emplear para alcanzar nuestro máximo potencial. Pero la desafortunada verdad es que nosotros, como colectivo, no estamos aprovechando ese potencial. Los asombrosos resultados de la investigación de Land y Jarman sustentan esto. No podemos soñar con una nueva realidad y comenzar a hacer cambios significativos en el mundo a la vez que consideramos todas las maneras en las que esa realidad sería imposible.

Entonces, la pregunta continúa: ¿cómo podemos garantizar que nuestros hijos sigan usando el pensamiento divergente y mantengan una imaginación activa? Bien, de acuerdo con el Dr. Land, la capacidad de usar nuestra imaginación nunca se pierde, sin importar cuánto envejezcas. Y la activamos cuando soñamos despiertos. Comienza por motivar a tu hijo a enfocarse en las posibilidades antes de permitir que el cerebro crítico intervenga. Puede ser increíblemente difícil enseñarle a un niño que no hay respuesta errónea o que deje de lado la posibilidad de que una idea podría no funcionar. Tan pronto como son introducidos en el entorno de aprendizaje convencional, los niños adoptan la noción de que la respuesta correcta es la mejor respuesta y comienzan a desvalorizar todas las posibilidades.

Elógialos por ideas absurdas, fantásticas o descabelladas. ¿A quién le importa si son factibles? Hay un juego que me gusta jugar con mi hija de cuatro años, llamado “Qué pasaría si…”. Comienzo diciendo algo absurdo, como: “¿Qué pasaría si tuviéramos dedos de los pies en lugar de dientes?”. Ella contesta con algo igual de absurdo, como: “¿Qué pasaría si los monos tuvieran mangueras de jardín como cola?”. Y así vamos sucesivamente, haciéndonos reír una a la otra, cada una intentando inventar un “qué pasaría si” más gracioso y descabellado que el anterior.

Motiva a tus hijos a encontrar soluciones múltiples a un problema antes de decidir qué acción emprender. Pídeles que traten de mejorar un objeto cotidiano que den por sentado, como una mochila, un taburete o una pluma de escribir. Permíteles que prueben las cosas antes de decirles si funcionarán o no. Permite que ellos decidan qué funcionará mejor. Con mis hijos, yo trato de infundirles la idea de que la energía nunca se pierde. En general, creo que esto no solo los ha motivado a ser ingeniosos con sus ideas, sino también a hacer su mejor esfuerzo a pesar de cuál sea la recompensa al final.

  • Eso no funcionará.
  • Eso ya lo probaste.
  • Usa la cabeza.
  • Eso no va a encajar.
  • Eso se va a romper.
  • Veo que estás probando algo nuevo.
  • Parece que vas a hacer otro intento.
  • Analicémoslo de forma diferente.
  • Veo que estás tratando de hacerlo encajar.
  • No quiero que eso se rompa. Probemos de una forma diferente.

    Después, te motivo a usar este tipo de lenguaje contigo mismo, dado que el hermoso futuro que soñamos no puede hacerse realidad hasta que cada uno de nosotros crea que tiene el poder de hacerlo posible.

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