Ciclos de Vida

Las quejas continúan

Ya conoces el sonido.

Estás con tus hijos en la fila del supermercado, en la tercera hora de un viaje muy largo en auto, o esperando en el consultorio del médico. Quizá la cena no sea de su agrado o sea hora de tomar un baño, hacer la tarea o irse a dormir, y alguien sencillamente no quiere hacerlo.

Si eres padre, recibes quejas casi todos los días y usualmente más de una vez al día. Las tomamos con calma. Pero si ya estás sintiendo estrés, presión o tensión (porque, básicamente, eres humano), los lamentos y las quejas de tus hijos pueden exacerbar esa sensación.

Ser padres es una de las tareas más difíciles que tendrás jamás, pero la mayoría decide asumirla (en mi caso, cuatro veces). ¿Por qué? Porque el amor que sentimos por nuestros hijos es inmenso, nos dan una perspectiva de lo que es importante y ser padres es una de las maneras más poderosas en las que podemos traer bondad a nuestra vida y también aportarla al mundo. Asumimos ser padres porque tenemos la certeza de que la experiencia no solo será satisfactoria, sino que enriquecerá nuestra vida de maneras que nunca habíamos imaginado.

Puedo decir con toda seguridad que en esa visión nunca nos imaginamos todas las quejas.

¿Por qué los niños se quejan? No hay una respuesta corta… pero les daré una pista: a nadie —especialmente a nuestro ego— le gusta que le digan qué hacer.

Todos los seres humanos tenemos ego, eso incluye a los niños. Y cuando ese ego siente que un maestro o padre va a motivarlo a cambiar y crecer, va a resistirse. Mi esposo, Michael, acertó cuando dijo: “Si hay alguien —un maestro, un guía, un amigo, etc.— en quien no hayamos encontrado una razón para no escucharlo, lo más probable sea porque no nos está pidiendo que hagamos nada importante. Es una regla que si alguien tiene el potencial de ayudarnos y crear una conexión verdadera con la Luz, habrá quejas de nuestra parte”. Nuestro trabajo es orientar el crecimiento mental, emocional, físico y espiritual de nuestros hijos, por lo tanto, ser la persona que reciba las quejas es parte de la descripción de nuestro trabajo. Pero cuando examinamos sus protestas, en realidad solo hay dos razones por las que los niños se quejan: desean conexión o les falta apreciación.

Creo que muchos padres no quieren escuchar que sus hijos se quejen porque los hace sentir incompetentes o incluso quizá como un fracaso como padres. Es decir, si el padre en cuestión estuviera haciendo un mejor trabajo o si no estuviera haciendo esto o aquello mal, sus hijos serían más felices. Cuando mis hijos eran más pequeños y se quejaban, los padres experimentados me decían que los ignorara y ellos dejarían de quejarse; literalmente, que me apartara de ellos. Este consejo me dejó atónita. ¿Ignorarlos? Me preguntaba cómo podría funcionar eso. Si la persona en la que más confías en el mundo ignora tus necesidades, ¿cómo responderías?

Debo admitir que lo intenté, solo para ver si funcionaba. No funcionó (¡mi intuición tenía razón!). Lo que aprendí con el tiempo es que lo que más necesitaban mis hijos cuando surgían las quejas era conexión. Ignorarlos solo los hacía sentir aislados y menospreciados. Y no hacía desaparecer sus sentimientos, más bien hacía lo opuesto: aumentaba su intensidad.

Así que comencé a experimentar. Cada vez que uno de ellos se quejaba de algo, me volvía hacia ellos, me inclinaba y me ponía a su altura, los miraba a los ojos y les daba toda mi atención. Pronto, podía notar pequeños indicios en su comportamiento que me señalaban sus necesidades. Por ejemplo, si Miriam comenzaba a colgarse de mi brazo o tiraba de mi ropa, le ofrecía un abrazo. Cuando David interrumpía una conversación que tenía con mi esposo, le decía que quería escuchar lo que tenía para decirme, pero que esperara un minuto hasta que terminara esta conversación. Luego dejaba lo que estaba haciendo y mostraba interés en su día en la escuela. Otras veces, todo lo que necesitaban era un compañero para jugar después de una ronda de quehaceres. Podemos involucrarnos tanto en nuestro mundo de adultos que nos olvidamos de las personitas con quienes cargamos en el camino. Y con toda franqueza, la mayoría de nosotros también se quejaría.

La realidad de la vida (seas un niño o un adulto) es que las cosas no siempre resultan como queremos. Cuando esto sucede, los niños se enojan. “¡Pero no es justo!”, se lamentan. Y a veces tienen razón, pero lleva tiempo que entiendan a totalidad la verdad mayor de que “justo” no significa “ecuánime”, y que a veces la justicia es irrelevante en algunos asuntos.

Cuando las quejas aumentan y no parecen necesitar conexión, presta atención. Lo que sus quejas podrían estar diciéndote, como padre o guardián, es que necesitan ayuda para cultivar apreciación. La mayoría de los chicos tienen demasiado, y trabajamos duro para cubrir cada una de sus necesidades. Esto es algo bueno, pero como resultado ellos suelen desconocer lo que se siente la carencia de algo, lo cual puede causar una expectativa de que las cosas siempre saldrán como ellos quieren. Podemos revertir el sentido de merecimiento que conduce a quejas al crear una cultura de gratitud en nuestra vida familiar.

Intenta desarrollar un hábito de gratitud en tus rutinas diarias. He aquí unas ideas para considerar:

Tres cosas buenas

Al final de cada día, pídeles a tus hijos que mencionen tres cosas buenas que ocurrieron desde que despertaron. Esto puede ser una actividad para la hora de la cena o antes de dormir. Esto es útil en especial cuando el día fue particularmente difícil. Se puede y se deberían reconocer esos momentos difíciles. Sin embargo, recordar rutinariamente ser agradecidos ayuda a configurar los cerebros de los niños a ver lo bueno cuando enfrenten dificultades.

Frasco de gratitud

Escribe cosas por las que tus hijos estén agradecidos —cada elemento en un recorte de papel— y colócalas en un frasco. Una vez a la semana, pídeles que tomen un papel y compartan lo que dice con la familia. También pueden sacar un papel del frasco cuando surjan las quejas como recordatorio de que todos tienen cosas por las que estar agradecidos.

Decir “gracias”

Ayuda a tus chicos a escribir cartas de agradecimiento después de que hayan recibido un obsequio, hayan tenido un paseo divertido con un familiar o cuando alguien tenga un gesto amable con ellos. Esto requiere un poco de diligencia de nuestra parte, pero el beneficio es grande. Cuando los niños adoptan el hábito de agradecer de forma genuina, crecen siendo adultos que se sienten cómodos al expresar gratitud de forma regular.

El principal ingrediente para tener hijos agradecidos es compartir. Simple y sencillamente. Si esto les suena familiar, debería serlo. Compartir es un fundamento clave de la sabiduría kabbalística. Cuando se trata de criar hijos agradecidos, se aplican los mismos principios espirituales. Recuérdales a tus hijos que hay niños con muchas menos posibilidades que nosotros, y adopten el hábito de realizar acciones caritativas juntos como familia. Recaudar juguetes y donaciones a tiendas de segunda mano son una maravillosa forma de comenzar. Sé que muchos padres ya hacen esto por cuenta propia cuando los chicos están fuera de casa. ¡Pidan ayuda a sus hijos! Pídanles que escojan cuáles juguetes y prendas de vestir están listos para enviar a un nuevo hogar. Al involucrarlos en el acto, automáticamente comienzan a pensar en compartir con otras personas. No te sorprendas si comienzan a recaudar cosas para donar por cuenta propia. Al encaminar a nuestros hijos en una vida llena de ayuda al prójimo, acciones generosas y bondad, les estamos dando las herramientas que necesitan para convertirse en adultos generosos. Y aquellos que aprecian la bondad que la vida tiene para ofrecer tienen un espíritu resiliente.

La realidad es que nuestros hijos van a pasar por decepciones. La vida no siempre marchará según ellos quieran. Es importante mostrarles que es válido sentir estas emociones fuertes. Es válido que incluso expresen sus emociones. A veces surgirán en forma de quejas. Está bien. Tienen el derecho de decirte cómo se sienten. A menudo los chicos solo necesitan que reconozcamos el hecho de que están pasando por desafíos. Escúchalos y recuérdales que la dificultad es parte de la vida, y que siempre estarás presente para ayudarlos a superar los obstáculos. Quizá todo lo que necesiten sea conexión y sentirse escuchados para dejar atrás las quejas y sentir gratitud.

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